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lunes, 13 de octubre de 2008
La Peregrina se le acerca piadosamente, pasando la manos sobre sus cabellos. Voz íntima.
Peregrina.- Dime, Angélica, ¿en esos días negros de allá, no has pensado nunca que puediera haber otro camino?
Angélica (acodada a la mesa, sin volverse).- Todos estaban cerrados para mí. Las ciudades son demasiado grandes, y allí nadie conoce a nadie.
Peregrina.- Un dulce camino de silencio que puedieras hacerte tú sola...
Angélica.- No tenia fuerza para nada. (reconcentrada) Y sin embargo, la noche que él me abandonó...
Peregrina (con voz de profunda sugestión, como si siguiera en voz alta el pensamiento de Angélica).- Aquella noche pensaste que mas allá, al otro lado del miedo, está el país del último perdon, con un frío blanco y tranquilo; donde hay una sonrisa de paz para todos los labios, una serenidad infinita para todos los ojos... ¡y donde es tan hermoso dormir, siempre quieta, sin dolor y sin fin!
Angélica (se vuelve mirándola con miedo).- ¿Quién eres tú que me estás leyendo por dentro?
Peregrina.- Una buena amiga. La única que te queda ya.
(...)
Peregrina.- No. Ellos te imaginan más pura que nunca. Pero dormida en el fondo del río.
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